En los años 70, mi primer contacto con la fotografía fue ver a mi padre con una Minolta HI- MATIC 7s tomando las típicas fotos que todos nos hacemos con la familia y amigos.
Kodak estaba en plena expansión y sus cámaras instantáneas pusieron la fotografía al alcance de mucha gente. Era normal que a un niño se le regalara una de estas cámaras con motivo de su comunión e hiciera sus primeras fotografías. Eran baratas, malas, resistentes y fáciles de usar. ¿Dije malas?… perdón, se me coló una opinión personal. Aunque… teniendo en cuenta que el artefacto estaba compuesto 90% de plástico incluyendo la lente, quizá sea un pensamiento más objetivo de lo que parecía en un principio. En fin, una Kodak Instamatic 133-X cayó en mis manos. No, no hice nada relevante con ella, pero fue el segundo punto de mi historia y entre dos puntos, siempre se puede trazar una recta.
Los Reyes Magos o sea mis padres (vayamos con la verdad por delante), me regalaron un laboratorio para revelar negativos en blanco y negro de la conocida marca AGFA. Por aquel entonces existía una gama de juguetes de esta marca alemana que fomentaba la fotografía y el conocimiento de sus procesos. Hoy en día sería algo probablemente impensable poner en manos de un niño algo de estas características por la toxicidad de los químicos que, aunque pareciera que hay que estar un poco mal de la cabeza para bebérselos, la naturaleza humana es la que es y siempre hay alguien dispuesto a ser el primero en algo.
Revelé mi primer carrete en blanco y negro. Fotográficamente nada de lo que estar especialmente emocionado, fotografías hechas con aquella cámara de paisajes y amigos desenfocados (me refiero a que las fotos estaban borrosas). La continuidad de la experiencia no fue más allá de lo que duraron aquellos líquidos de revelar, pero aquello encendió una larga mecha.