Mi única manera de disfrutar un viaje, un paisaje, ambiente o situación pasó, obligatoriamente, por fotografiarlo, por capturar su esencia y tenerla siempre conmigo.
Mejorar esas imágenes en el cuarto oscuro formaba parte del ritual. Revelar selectivamente, virados a sepia, de selenio, blanquear con yodo, usar diferentes papeles y ver cómo se va formando la imagen, colorear a mano buscando otros efectos, etc… Son de esos aprendizajes que nunca acababan, siempre había algo nuevo que poder hacer y aprender a controlarlo.
El cuarto oscuro con la luz roja y olor a químicos pasó al cuarto del ordenador donde sentado en una silla se podían hacer cosas que de la anterior forma se tornaban realmente complicadas. La era digital supuso un “reseteo” que no todo el mundo encajó muy bien y generó mucha nostalgia.
Resultó ser todo un cambio de paradigma, se dejó de usar película, papel fotográfico, muchos laboratorios tuvieron que cerrar, y en cuanto al fotógrafo no cambiaron los parámetros en general pero no quedó otra que entenderse con un post-procesado digital que desde un punto de vista menos traumático permitiría al fotógrafo tener control total de todos los procesos, desde la toma de la imagen, su procesado digital e incluso su impresión.
Todo tiene su momento y el momento ahora es la fotografía digital. Sólo afecta al apartado técnico, no creo para nada que afecte al ese “aura” del fotógrafo que engloba su forma de componer, de capturar momentos, aprovechar luces y sombras, gestos, colores, texturas, ritmos… en definitiva la educación del “ojo fotográfico” que tanta escuela tiene y que mucha gente cree que se adquiere con tan sólo comprar buena cámara.
Fuera de lo meramente comercial, la cámara pasa a un segundo plano para centrarte en lo importante, que no es otra cosa que la propia fotografía. Todo un debate este…